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Después
de llegar a la conclusión de que los españoles
no se parecían en nada a los argentinos y que, gracias
a un recorrido en taxi por Roma, los italianos sí,
comienzo a estudiar italiano en el Istituto Italiano di Cultura
de Madrid con tanta devoción, que soy becada para completar
estudios en la Universitá di Urbino, donde no sólo
compruebo lo divertido que es pasar un verano en Italia, sino
también, que amaba a Piero della Francesca casi tanto
como lo hacía el duque de Urbino, que albergaba en
su castillo auténticos tesoros de la pintura italiana,
de manera que lo pasé bomba.
En 1986, otra decisión familiar que suscribí
como si fuera propia, me trae de vuelta a Argentina, para
descubrir que la mejor manera de dibujar y cobrar por ello,
era trabajando en publicidad. Decido entonces, estudiar dirección
de arte en la Escuela de Creativos Publicitarios, e inmediatamente
consigo trabajo -el cuál era mejor escuela aún-
por lo que abandono en el segundo año. Trabajo en numerosas
campañas gráficas y televisión, hasta
que una noche, esperando junto al fax que un candidato me
confirmara si el logo del partido iba a la derecha o a la
izquierda del vía pública, caigo en la cuenta
de que algo no anda bien en mi vida. Así es que después
de consagrar a ese candidato en su puesto, decido renunciar,
haciendo una especie de mea culpa.
Desde 1997 me dedico de lleno a la pintura, y ese mismo año
recibo una mención en el premio Nueva Pintura Argentina,
más conocido como “el MacDonald´s”.
He participado en los principales salones y premios de Argentina,
Salón Nacional, Manuel Belgrano, Iberoamericano de
Pintura Fundación Aerolíneas, Universidad del
Salvador entre otros y en numerosas exposiciones colectivas.
En el 2000, realizo mi primera exposición individual
importante, en el Centro Cultural Recoleta, y en el 2003,
ese mismo centro me brinda la posibilidad de mostrar una nueva
experiencia artística, la instalación “Lo
que el humo no nos deja ver”. En el 2004, me presento
por primera vez, y espero que no sea la última, en
Praxis New York.
Críticos como Rafael Squirru y Raúl Santana
han dicho de mí, entre otras irresponsabilidades, “considero
que Verónica García Lao, pese a su juventud,
ha alcanzado ya el nivel de la maestría, haciendo ver,
más allá de toda duda posible, que lo que envejece
no son las técnicas de los medios expresivos sino quienes
ya no saben manejarlas” o que “la subjetividad
del artista, se expresa en la potencia del color y en la elección
del encuadre, para manifestar al fin, que lo real, fue apenas
un punto de partida para iniciar un viaje donde el arte tiene
la palabra”.
En un claro atisbo de ingenuidad, todavía albergo la
esperanza de poder vivir de la pintura sin dar clases, así
que vengo pidiendo permiso para hacerme un hueco en el ya
congestionado mercado de arte argentino y en el exterior,
en vista de que los señores Alba, Emilio López,
Maimeri, Rembrandt y Winsor & Newton, no aceptan patacones.
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